Entrevista a Diana Soliz de García, directora del Departamento de Migrantes/Indígenas del Sindicato dos Trabalhadores Domésticos do Município de São Paulo (STDMSP). Ella participa del FSAM y fue parte del pre-Foro del 3 de septiembre en el eje 1 “Migración y Trabajo Decente”. Por: Azul Cordo.

Hace un cuarto de siglo, con 35 años de edad, Diana Soliz partió de Santa Cruz a Brasil. Dejaba en su Bolivia natal a su hija de cuatro años, a sus padres y hermanos, con la esperanza de poder tener más dinero y mejorar la vida de todos. La envalentonó una carta que había recibido de su hermana, que ya vivía en San Pablo.

– No supimos nada de ella durante meses. Recibir su carta me puso tan feliz. Me mandó dinero y …

Los 2.081 kilómetros que separan Santa Cruz de la Sierra de San Pablo los recorrió en buses y en el tren que llega hasta la frontera de la ciudad boliviana de Quijarro con la brasileña Corumbá.

– Vine solita pero en el tren, que le dicen “el tren de la muerte”, venía más gente de Bolivia.

Tras reencontrarse con su hermana, Diana comenzó a trabajar cuidando a un niño tetrapléjico y luego consiguió un empleo como trabajadora doméstica, el mismo trabajo que tenía en Bolivia.

– Vivía en una casa compartida con otras mujeres migrantes, muchas costureras como mi hermana.

Se casó con quien está unida hasta ahora, volvió a Bolivia, buscó a su hija y volvió a Brasil. La niña ya tenía ocho años y no sabía portugués. Si bien para Diana el idioma había sido una barrera, como le pasa a la mayoría de las y los migrantes, aprendió “poquito a poco” porque en Santa Cruz había trabajado en un hotel con dueños de origen árabe “que recibían a muchos empresarios brasileños”. Pero acompañar en las tareas escolares a su hija hizo que ambas aprendieran mucho y muy bien el portugués. Para la pequeña, enfrentar los insultos xenófobos en la escuela fue un camino arduo.

Que ‘boliviana’ aquí, ‘boliviana’ allá, que ‘ por qué no te vuelves a tu país’. Las mismas groserías que nos dicen cuando vamos a hacer trámites de documentación. Los policías o la gente que nos atiende no tienen paciencia si no sabemos el idioma, y puedes quedarte ahí horas y horas y horas esperando. Por eso es importante participar, luchar y no quedar escondidas. 

En 2008, Soliz retomó el trabajo doméstico en la zona Este de San Pablo y hacía de todo: cocinar, limpiar la casa, cuidar de los niños e incluso del perro, con largas jornadas de trabajo y una paga escasa: apenas 200 reales. Para 2014, el salario solo se había duplicado y no había chances de aumento. Lo peor llegó cuando enfermó del corazón y de la columna vertebral y se tomó dos meses de licencia médica: la patrona le dijo que no podría percibir el salario o cobrar una licencia por enfermedad. Fue un despertar doloroso para Diana.

– ¿Qué derechos tengo como trabajadora doméstica y migrante? -se preguntó.

Así, se acercó al sindicato y supo lo que le correspondía como trabajadora. Comenzó un juicio a su empleadora y ganó la acción judicial en 2016. Un año después fue electa como la primera representante migrante en el sindicato, una decisión que la tomó por sorpresa y que aceptó “con mucha honra” para poder ayudar a otras.

– Les enseñamos qué cosas no son justas o no son legales y cuáles sí lo son; cómo comportarse con los patrones, registrar cuándo ejercen sobre ellas violencia física y, sobre todo, violencia moral y psicológica. Nunca vas a ser parte de la familia de la patrona y eso es necesario decirlo. Migrantes o no, blancas, negras, brasileñas o migrantes, todas son trabajadoras y estamos ahí para cuidar de ellas.

Soliz tiene claro que saber nuestros derechos empodera: “Los patrones piensan que como la trabajadora es migrante no va a denunciar, no va a declarar. Muchas veces no les gusta que sus empleadas nombren al sindicato, que tengan reivindicaciones ni que sepan que deben estar regularizadas y tener cartera de trabajo [una libreta para registrar las condiciones de empleo en el Instituto Nacional de Seguro Social -INSS].

Ella lo sabe: no tener cartera de trabajo es no existir como trabajadora, no poder registrar la antigüedad de la profesión y no poder jubilarse. Después del juicio a su ex patrona, con dolencias y un marcapaso en su corazón debilitado, no ha conseguido un nuevo trabajo.

El panorama se complica para quienes son mayores de 50 años. Al contexto de pandemia -donde el trabajo escasea especialmente para personas adultas- se suma la reforma previsional promovida por el gobierno de Jair Bolsonaro, aprobada en 2019, que impone una edad mínima de jubilación de 62 años para las mujeres y 65 para los hombres, así como un tiempo mínimo de contribución a la seguridad social de 15 años para las mujeres y de 20 años para los hombres que aspiren a la jubilación. Aunque ha trabajado toda la vida, y a meses de cumplir 60 años, Diana Soliz tiene sólo seis años registrados en la cartera de trabajo en Brasil.

Sacar la voz (también en el FSAM)

La preparación del FSAM sigue. Para derribar preconceptos, para que la nacionalidad deje de ser insulto, para conocernos e integrarnos, nos reencontramos el 3 de septiembre en Facebook.
Conoce más histor– ¿Quién habla de las domésticas inmigrantes? Son invisibles -dice Diana-. Ellas vienen con su profesión; pasaron frío, hambre, para estudiar y quieren trabajar de eso que estudiaron, y no pueden porque les falta la documentación.

Una documentación que es costosa y todavía no muy accesible (por no entender el idioma y sin facilidades institucionales para acceder al aprendizaje, por la violencia verbal que muchas veces ejercen funcionarios y policías durante los trámites). Por eso la importancia de integrar el sindicato y participar en espacios que ayuden a orientar a las mujeres migrantes en el conocimiento y ejercicio de sus derechos humanos.

– En las campañas del sindicato de trabajadoras domésticas denunciamos que no tenemos un salario mínimo justo, que no se nos pagan horas extras, que trabajamos en condiciones de abuso porque si dormimos en la casa de los patrones trabajamos las 24 horas del día, sin hora para levantarnos ni horario para dormir.

Trabajadoras de Bolivia, de Paraguay, de Haití, de Angola, de Chile se acercan al sindicato y reciben asesoramiento y acompañamiento para reivindicar sus derechos. Diana anhela que sus voces se sumen al Foro Social Américas de las Migraciones (FSAM) del 22 al 25 de octubre para que puedan dar sus opiniones, puedan preguntar y puedan pensar junto a otras migrantes mejores políticas públicas para Brasil y la región.

– Una voz trae muchas voces. Las domésticas inmigrantes están muy escondidas y tienen que dejar de ser invisibles.

E invisibilizadas.

©2020 Foro Social Américas de las Migraciones

CONTACTO

Enviando

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?